Michel Sébastien "Cimas pirenaicas"

 

He pasado varias temporadas en el paraíso. Con los ojos al acecho, los músculos tensos, el gusto del vagabundeo en el corazón, he recorrido las cimas siempre con el mismo placer renovado.
Tengo la montaña en la sangre. Unos días sin verla o sin andar y siento que me falta algo. Sueño delante de los mapas, de las fotos. Y pronto me veo obligado a partir de nuevo. La tentación es demasiado fuerte, y las cimas están ahí.
A menudo, al empezar una ascensión, me digo: «¡Qué bien me siento!» Y al terminarla, pienso ya en la siguiente y en los placeres diversos, variados, profundos que me aportará.
He escrito este libro con esta perspectiva apasionada, incluso pasional.
Espero que encuentres en él el mismo impulso que me ha arrastrado tantas veces hacia lo alto.
Soy, por consiguiente, un excursionista de base, de ojos curiosos. Quisiera hacerte compartir esta curiosidad o esta emoción ante el espectáculo sencillo y maravilloso de nuestras montañas. He descubierto la montaña mucho más con el pie que con la mano.
Las pequeñas mariquitas del Monte Perdido me han intrigado mucho, y el edelweiss del macizo del Ossau me ha emocionado.
Deberíamos disfrutar de estas emociones sencillas y profundas. Un amanecer en Ose, el miedo durante la tormenta sobre una arista delgada como un hilo (un sable), en eso consiste la sal de la vida.
La larga marcha, que exige un largo aliento y paciencia, nos conduce con frecuencia hacia el placer del descubrimiento y la satisfacción de los músculos y de los ojos.
Sin embargo, no creas que todo es placer. En ocasiones, el accidente, el incidente, la torpeza, el tiempo o el error impiden terminar una ascensión. (Yo tuve que hacer seis tentativas antes de llegar a la cima de las modestas Piques Rouges de Bassiés.)
Pero también he conocido el deslumbramiento de las mañanas claras en las cimas del Vignemale o el Montcalm.
Y siempre he pensado en la inmensa suerte de que disfrutábamos, amigos montañeros, por estamos permitido el placer de trepar. Y de descubrir.
Quieran los dioses de la montaña continuar colmándonos por mucho tiempo. Porque si bien la montaña nos da conciencia de nuestra fuerza (relativa), fuerza que nos permite llegar a la meta, nos da también conciencia de nuestra debilidad y de nuestra fragilidad. ¡Qué pequeño resulta el hombre sobre un glaciar! Y esas pequeñas hormigas rojas que trepan por una cresta, ¿qué peso representan ante la eternidad de las cimas?
Que nuestro efímero paso por la tierra se prosiga en la alegría de los mañanas que nos arrastran hacia los prestigiosos Posets o el puntiagudo Monteixo.
Hermanos humanos que vivís conmigo y apreciáis la montaña, vale la pena. Es la fuente de nuestros ríos y de nuestras alegrías y placeres intensos y profundos.
Y eso es todo. Después de nuestros paseos, a veces largos, quería contaros todo eso. Sé que vibramos ante las mismas emociones. Ojalá dure.
La montaña es un sueño, una oración. Y también una realidad, a veces dura y áspera, amarga, desagradable, agotadora. Pero la mayor parte de las veces significa la realización de nuestros viejos fantasmas, la realización del yo profundo, la plenitud ganada con el simple esfuerzo, directo, físico, casi bestial. Aunque las montañas nos trascienden, también nos permiten trascendernos. A veces, desde la altura de las cimas, nos inclinamos sobre la profundidad de nosotros mismos y de la vida, de esta vida que es tan bella.